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Más de IV siglos celebrando a Santo Domingo de Guzmán

La festividad más antigua que congrega a los catorce barrios y pueblos circunvecinos con una antigüedad de más de 400 años, fue iniciada por los dominicos en honor a su fundador Santo Domingo de Guzmán, que se festeja el mero día 8 de agosto de cada año.

Las festividades   acompañan a este santo, con las imágenes de los barrios y comunidades cercanas, quienes llegan  en hombros de los feligreses, un día antes para realizar la procesión, siendo recibidos con cohetes y campanas de bienvenida, demostrando así el júbilo de acompañar  a quien fue considerado como Santo Patrón, ya que para el año de  1800 la Villa de Izúcar, fue catalogada como Santo Domingo Izúcar.

Hablar de santo Domingo es para muchos remontarse a la historia  de la orden de los fundadores, su llegada a México y sobre todo su llegada a Izúcar, su labor evangelizadora, la construcción de este Singular Templo y exconvento cuyo edificación asemeja a un castillo medieval,   de gran altura y fuertemente construido para resistir los embates de alguna rebelión y sobre todo el paso del tiempo; una verdadera obra de ingeniería segunda en su género en toda la República mexicana.

Que decir de sus frescos que guarda en los andadores de su ex convento , la pila bautismal tallada en una sola pieza y si pasamos a su Templo  a pesar de que fue destruido casi en su totalidad, el 28 de diciembre de 1939 aún guarda su belleza y majestuosidad, encontrando en su interior el altar dedicado a la “Virgen que Lloró” y que milagrosamente se salvara de este voraz incendio que destruyó casi en su totalidad el interior del templo y que decir  de los túneles de Santo Domingo, que como la Virgen que lloró el pueblo recogió estos hechos insólitos y los convirtió en bellas leyendas que se han transmitido de generación en generación ya que el milagro de la Virgen que lloró ocurrió el 24 de septiembre de 1909, un año antes del inicio de la Revolución Mexicana.

A continuación presentamos algunos datos de la vida y obra de Santo Domingo de Guzmán, quien recibiera el Santo Rosario de manos de la Virgen María para  unir a las familias del mundo entero  a través de la religión católica; así como de su templo y una de las leyendas más conocidas, la leyenda del Túnel de santo Domingo.

Vida y Obra de Santo Domingo de Guzmán

De la ilustre familia de los Guzmán, nació en Caleruega (Burgos), España  en  1170. Sus padres Félix de Guzmán y su madre la Beata Juana de Aza. De esta gran mujer recibió Domingo su primera educación. Cuando sólo contaba  con seis años fue entregado a un tío suyo, Arcipreste, para que le educara en las ciencias. A los catorce años fue enviado al Estudio General de Palencia, que era el más famoso de España para que se formara en todo el saber de aquel tiempo, que abarcaba las ciencias humanas y la misma teología.

Mientras Domingo estudia con toda su alma y se engolfa en la Sagrada Escritura algo viene a distraerle un poco de su completa dedicación: Sobrevino aquellos días un hambre desgarradora en la ciudad de Palencia. Domingo entregó poco a poco cuanto tenía para paliar un poco, tanta necesidad. Llegó un día que sólo le quedaban sus libros. Pero si los vendía o entregaba a cambio de algo para sus pobres ¿en qué podrá estudiar?. Por otra parte los tiene llenos de notas que ha ido pacientemente día a día escribiendo. Y reflexiona. “Pero ¿cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?”. Este era Domingo: Hombre que por caridad se olvida de sí mismo y sólo piensa en el bien de sus hermanos.

Jesús iba moldeando su alma

La caridad iba ensanchando su gran corazón. Una cosa había hecho hasta ahora: Dar limosna. Pero lo que ahora le pedía el Maestro era: Que se diera a sí mismo. Seguirle a Él,  El momento lo encontró cuando una mujer llega a su habitación y le dice: “Mi hermano ha caído prisionero de los moros”… Y ni corto ni perezoso, porque ya no le queda nada por dar se entrega él mismo como esclavo. Todos hablan de Domingo. Llega a los oídos del Obispo de Osma D. Martín Bazán y le manda llamar para que acepte ser canónigo de la Catedral. Tenía veinticuatro años. Aceptó la canonjía siempre pensando en poder hacer algo de bien a aquellos canónigos. Pronto fue un modelo para todos. Era el más puntual al rezo del Oficio Divino, el más pobre y el más caritativo.

Llega a los oídos de Domingo,  el rumor de los destrozos que hacen los herejes en Francia y quiere atajar tanto mal. Para ello va allá y predica con fuego la verdadera Fe de Jesucristo, para que lo que va a haciendo tenga continuidad, quiere formar con los compañeros que le siguen una Orden que se dedique a predicar la Palabra de Dios… Así nace la ínclita Orden de Predicadores o Dominicos. Poco después surgirá también la rama femenina.

Recorrió gran parte de Europa predicando la Palabra de Dios y tratando de alejar a los hombres del pecado. A él se atribuye también el origen del Santo Rosario que “como compendio del Evangelio” y “devoción de las almas sencillas y contemplativas” tanto bien ha hecho y hace a quienes lo rezan con devoción. Le unía una gran amistad con San Francisco de Asís. Ya en vida gozó de gran fama de santidad no sólo por los muchos milagros que el Señor obró por su medio sino por la vida tan santa que llevaba y comunicaba a los demás. En Bolonia volaba al cielo, a los cincuenta años de edad, el 6 de agosto de 1221.

Templo y Exconvento de Santo Domingo

Dentro del libro titulado “ITZOCAN” de Silvestre A. Fuentes  Bobadilla, encontramos los siguientes apuntes: “Como vimos, Izúcar en sus principios fue un pueblo meramente indígena; a la llegada de los españoles, que debe haber ocurrido a principios del siglo XVI, trajeron para enseñar la doctrina a los frailes dominicos, quienes edificaron el convento por el año de 1550. El templo de Santo Domingo, que era una verdadera joya arquitectónica, tanto por el trabajo interior de sus  altares de estilo churrigueresco, como el oro que emplearon en ellos, así como las maderas, que le daban un valor incalculable.

Todo el interior fue destruido por el fuego, a las 16 horas con 45 minutos del día 28 de diciembre de 1939, siniestro que consternó a toda la ciudad por haber perdido la joya mas preciada que tenían, tanto por su valor material que representaba, como su valor histórico.

En sus amplias naves percutieron, primero, la voz del gran Morelos y después la del no menos grande  Matamoros, cinco días antes de que las tropas realistas pretendieran apoderarse de la ciudad, es decir el doce de diciembre de 1811 , fecha en que José María Morelos celebrara la festividad de nuestra señora de Guadalupe y tres, o cuatro meses después, del cura de Jantetelco, don Mariano Matamoros, después del famoso Sitio de Cuautla, por haber regresado a guarnecer la plaza y organizar sus tropas.

Todo el conjunto (Convento y Templo) era una verdadera fortaleza de la época colonial.

Los trabajos del templo se iniciaron hacia el año de 1552, fecha que se encontraba inscrita en el segundo arco de la bóveda de la iglesia, entrando.

Seguramente se dedicó al culto en el año de 1612, fecha que se lee en la fachada de la iglesia debajo de la ventana del coro, arriba de la cual encontramos el escudo de la orden de los frailes dominicos.

El obispo doctor don Domingo Pantaleón  de Álvarez y Abreu (1753- 1763) quitó a los dominicos y agustinos la administración parroquial en casi todos los pueblos, donde hasta entonces la habían conservado.

En Izúcar el último bautizo efectuado por un religioso fue el 12 de enero de 1755 y el primero que hizo un sacerdote secular en el mismo templo de Santo Domingo, data del día 18 del propio mes y año.

Esta Parroquia era denominada “Parroquia de Naturales o Indios”. A  la fecha este templo lo siguen reconociendo como Parroquia la mayoría de los barrios”.

Leyenda del Túnel de Santo Domingo

Finalmente queremos compartir esta bella leyenda que es de la autoría de un estimado amigo y paisano, el Lic. Emilio Velasco Gamboa.

“En tiempos de la colonia, los ministros de la Santa Iglesia en México realizaron la construcción de dos importantes sedes para evangelizar el valle de Itzocan – que actualmente es la región de Izúcar de Matamoros, al sur del Estado de Puebla: el del Apóstol Santiago y el de Santo Domingo, que originalmente era un convento. En torno a ambos hay muy hermosas y prodigiosas historias. La presente es sólo una de ellas, y ocurrió allá por los años transcurridos entre los de la Revolución Mexicana y los que se vivieron agitados por la Guerra Cristera.

Cuenta mi abuelita que doña Antonia Vergara era la esposa del sacristán del templo, don José Morales, quien, el día que ocurre el prodigio que hoy les cuento, había salido desde muy temprano a atender diversos encargos del señor cura. Cuando esto ocurría, Antonia, que cotidianamente se hacía cargo de la limpieza general, también tenía que dar las campanadas de las doce del día y de las tres de la tarde, pues regularmente don José solía llegar a eso de las seis.

Así, aquella mañana, la buena mujer se entregó a sus tareas, y en el cuarto donde se guardaban los candelabros, los floreros – por cierto, había ido a traer unos para ponerlos en el altar – y otros artículos del templo, vio una laja que había en dicho cuarto. Y aunque siempre estuvo ahí, nunca le llamó la atención como aquel día. Sin pensarlo, se acercó movida por la curiosidad y la levantó tomándola por la argolla.

Para su sorpresa, descubrió que, pese a ser de piedra maciza, no pesaba mucho. Además, era la entrada a lo que parecía ser otro cuarto, pues había una escalera que descendía hacia él. Pero más aún se sorprendió cuando vio que la escalera llevaba a un túnel, y supo que lo era porque una luz blanquecina pero suficiente alumbraba el camino que parecía extenderse bastante.

Así, empezó a andar el túnel en cuestión tras confirmar que la luz, llegada quién sabe de dónde, le permitía ver cosas impresionantes. Por ejemplo, había flores y pasto, pero también osamentas con armaduras españolas –¿serían acaso guardianes a los que nadie vino a relevar jamás de su encargo?, pensó la mujer–. Algunas otras osamentas estaban ataviadas con cadenas de oro y joyas, y conforme más avanzaba, más tesoros descubrían. No obstante, respetuosa, no tocó nada. Simplemente veía y caminaba.

Así, Antonia caminó durante un rato, y aunque sabía que el tiempo corría, desestimó la hora pensando que no llevaba mucho ahí. Y como había entrado a eso de las ocho de la mañana, pensó que seguramente ya sería la hora de dar la primera serie de campanadas – las del medio día – que le correspondían cuando su marido se ausentaba, por lo que emprendió el camino de regreso. El túnel, empero, no terminaba ahí: es más, parecía no tener fin, y las riquezas y las osamentas se extendían a sus costados junto con las flores y el pasto.

Cuando estaba a punto de salir escuchó el tañido de la campana y, preocupada, pensó que serían – sin duda – las doce con minutos, pero agradeció que alguien hubiera llegado a dar la llamada del medio día. Sin embargo, la luz era más tenue que cuando bajó por la misteriosa escalera, por lo que creyó que tal vez serían las tres y su marido habría llegado más temprano que de costumbre. Le extrañaba, eso sí, no haber escuchado el primer llamado. ¿Acaso habría recorrido más camino del que creía?

En fin, que al salir vio – efectivamente – a su marido jalar la cuerda que
– a su vez – tiraba del badajo de la campana. Tratando de no llamar mucho la atención con su expresión de sorpresa, se acercó a él y le preguntó si estaría dando el toque de doce ó el de tres, pero abrió los ojos como platos al enterarse de que don José estaba llamando a la oración de las seis de la tarde, como se acostumbraba en aquellos tiempos para que la gente, en sus casas o en el templo, rezara el Sagrado Rosario.

Sorprendido y preocupado, pero tolerante – pues Antonia no era una mujer dada al chismorreo y, en cambio, era responsable con sus obligaciones –, su marido le preguntó que dónde había estado todo el día. La buena mujer le contó todo aquello que había visto así como la ruta recorrida, misma en la que había perdido la noción del tiempo.

Al ver en el rostro de don José la incredulidad retratada, Antonia lo llevó al cuartito aquel y – para sorpresa de éste – levantó la laja, que suele ser, como ya se dijo, de piedra maciza y, por tanto, demasiado pesada incluso para las fuerzas de un varón de buena constitución física. Pero ya empezaba a oscurecer debido a la hora que era, y el túnel no se veía más iluminado, por lo que no bajó a inspeccionarlo.

Finalmente, el matrimonio bajó la laja, misma que no se volvería a abrir jamás. No obstante, el misterio reside en que ése túnel parece ser parte de una red subterránea que nadie sabe cuándo o cómo fue construida, pero que en la época de la Revolución se usó para esconder a las mujeres del pueblo cada vez que las huestes armadas de uno y de otro caudillo se apostaban en Izúcar, evitando así que trataran de mancillarlas. Ése es el misterio, pues al parecer doña Antonia no lo sabía.

Otras personas cuentan que el túnel de Santo Domingo va a dar al Templo de Santiaguito, y que en otro tramo llega hasta la Iglesia del Calvario que está ubicada en el cerro del mismo nombre, donde – por cierto – está la antigua estación del tren. Hay otras gentes que afirman que los túneles llegan hasta Raboso, pero nada de esto ha sido comprobado, o al menos, no revelado públicamente.

Sin embargo, subsiste la leyenda, misma que se ha ido conservando pese al tiempo, mostrándonos que, aún ante el arca abierta – y no cualquier arca, sino verdaderos tesoros como los que vio doña Antonia –, es mentira que el justo peca.

Mientras tanto, las calaveras que vio la señora Vergara de Morales, continúan cuidando esas riquezas míticas y caminos de misterio que, cuenta la conseja, se abren paso bajo mi Patria Chica, aquella que la excepcional escritora Josefina Esparza Soriano definiera así, dándole no sólo una descripción sino el mejor marco:

Izúcar la cálida, la Heroica ciudad, puede agregar un adjetivo más a su nombre: Legendaria…”

Los Festejos.

Hay mucho que contar, sin embargo las palabras se quedan cortas, por lo que aun cuando nos faltan muchas cosas por mencionar   sólo podemos decir que los invitamos a conocer más de nuestras fiestas, sobre todo del fervor que encierra con la Santa Cofradía y los domingos de Minerva, al igual que el misterio que rodea a la imagen   de La Virgen que Lloró y cuya retablo se encuentra precisamente en el pasillo lateral derecho de la entrada al  Templo  y de la cual Josefina Esparza Soriano  hiciera una estupenda leyenda; de realizar un recorrido por el interior   de esta joya  arquitectónica del Siglo XVI que recientemente se terminó de remodelar  gracias al Comité de Restauración; para algunos recordar su estancia en la Escuela Primaria “Progreso” o su paso por el  jardín de Niños en donde impartían clases las Monjas Franciscanas   y por supuesto ya en el orden  profano, de  admirar la participación de Los Voladores de Papantla, danzas y bailables de la región, grupos musicales, juegos mecánicos y de los tradicionales antojitos mexicanos.

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