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Suicidio (segunda parte)

La semana pasada hablamos de las estadísticas del suicidio y algunas generalidades, entre ellas que el suicidio es un proceso, una decisión tomada, continuada y sostenida hasta llegar a perpetuar el acto suicida. Hoy quiero decirles que ahí no termina el proceso, eso es falso.

Una vez que un suicidio se efectúa, se abre una herida en los sobrevivientes, que a veces pasan años, y en vez de ser sanada, provoca conflictos emocionales que lastiman, estorban y favorecen la enfermedad, además, diversos estudios corroboran la vulnerabilidad de los deudos de seguir el mismo camino del suicidio, e incluso, que afecta a los vecinos en un par de kilómetros a la redonda.

Recordemos que sobre todo en jóvenes, estos quedan más vulnerables que otros sectores. Podemos hablar pues, de una enfermedad social, de salud pública. Es una pena que no se estén aplicando medidas efectivas al respecto, pues aunque si bien es cierto existen propuestas para prevenirlo, estás son aisladas y su alcance es desmentido por las estadísticas anuales.

Hay también otros intentos intermitentes que más que favorecer, crean una falsa idea de que se está haciendo algo por el tema. Y es que aunque todos hemos escuchado alguna vez de la línea del suicidio, el que está teniendo pensamientos suicidas deja fuera de su plan alternativas como esa, no lo ven como ayuda real, concreta, y menos en una fase avanzada del proceso.

Y es que el suicidio es un proceso. Empieza con una idea un poco superficial de hastío, de tristeza, aburrimiento, preocupación, de dolor sostenido. En la mente del suicida empiezan a aparecer ideas derrotistas, se le asocia y con razón, a una depresión profunda, con una impotencia casi permanente, y con intentos de solución que se vuelven el problema.

El suicidio es un proceso que puede tomar años, meses o semanas y este tiempo dependerá del grado de deterioro en la percepción de la persona, de la red de apoyo que pueda tener, de las defensas psicológicas, del ambiente en que vive y de los eventos precipitantes que pudiera vivir.

Podemos hablar de una primera etapa que es la entrada a ese camino que es el suicidio.

La segunda etapa es la rumiación. Donde la persona ensaya una y otra vez su percepción errónea y como sería dejar de vivir, esta etapa está llena de pensamientos suicidas.

Y finalmente está la etapa del acto suicida, donde en contra de todo instinto de supervivencia, la persona ha construido aislarse emocionalmente del dolor, literal y metafóricamente. Prefiere algo que si está en su control a algo en descontrol como vivir, esto en si mismo es un mecanismo neurótico.

Entre las características de las personas que están pasando por este pro-ceso tan difícil, están las siguientes: de-presión u otro estado afectivo sostenido, alteraciones del humor, trastornos alimenticios, cierta ironía o rebeldía.

El suicida es una persona en extremo sensible -aunque no lo parezca- y aunque sea una persona muy sociable, un indicio es el aislamiento, la expresión de pensamientos suicidas y hasta un acto suicida, también tener en cuenta las crisis que la persona pudiera tener, sus recursos, y sus motivos para vivir, o morir.

Por supuesto que una intervención psicológica puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, debemos estar atentos.

Quedo a sus órdenes por si necesitaran atender cualquier etapa del proceso, o mejor aún, desde la prevención a nivel individual, grupal o institucional. Su psicóloga y amiga Remedios Martínez Juárez, les deseo una semana de éxitos!

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